Y ahí estaba ella, tumbada junto a la orilla del mar bajo un sol radiante y llenándose los pies de arena y grava negra. Los ardientes rayos que chocaban contra su tostada piel la invitaban a correr hacia el mar y sumergirse entre las olas.
Realmente era algo que deseaba... Le encantaba correr hacia el agua quemándose los pies para notar después el alivio del agua fresca, sentir el calor abrasador en su piel y como el frío recorría repentinamente su cuerpo al zambullirse... nadar rozando el fondo del mar y escuchar el murmullo de las piedras al rozarse unas con otras con el movimiento de las olas... eso le hacía sentirse libre. Y a menudo, con los ojos cerrados, se descubría sonriendo, lo que le causaba una carcajada mayor en su interior... En estas ocasiones no solo se sentía libre... se sentía feliz.
Sin embargo, aun no podía correr hacia el mar, ni lanzarse a las frías aguas, ni escuchar el traqueteo de las piedras, ni descubrirse sonriéndose a sí misma por la simpleza de su ser. Todavía quedaban alrededor de un par de decenas de piedras lisas y redondeadas junto a su toalla. Quizá bastara con dos o tres filas más. Llevaba ya cuatro, pero había perdido la cuenta de cuantas habían caido y cuantas debía reconstruir antes de añadir las nuevas.
Tres... tres filas serían bastantes. Las que no bastaban eran las piedras que tenía a su alcance: necesitaba buscar más.
Tendría que esperar algún tiempo para alcanzar el agua, antes tendría que terminar aquella nueva idea que había surgido con fuerza de su cabeza.
Y a pesar de todo, no sabía cuanto podría tardar... le preocupaba no saber cuando sería la próxima vez que pudiera ser capaz de escuchar el murmullo de las profundidades del mar.
Realmente era algo que deseaba... Le encantaba correr hacia el agua quemándose los pies para notar después el alivio del agua fresca, sentir el calor abrasador en su piel y como el frío recorría repentinamente su cuerpo al zambullirse... nadar rozando el fondo del mar y escuchar el murmullo de las piedras al rozarse unas con otras con el movimiento de las olas... eso le hacía sentirse libre. Y a menudo, con los ojos cerrados, se descubría sonriendo, lo que le causaba una carcajada mayor en su interior... En estas ocasiones no solo se sentía libre... se sentía feliz.
Sin embargo, aun no podía correr hacia el mar, ni lanzarse a las frías aguas, ni escuchar el traqueteo de las piedras, ni descubrirse sonriéndose a sí misma por la simpleza de su ser. Todavía quedaban alrededor de un par de decenas de piedras lisas y redondeadas junto a su toalla. Quizá bastara con dos o tres filas más. Llevaba ya cuatro, pero había perdido la cuenta de cuantas habían caido y cuantas debía reconstruir antes de añadir las nuevas.
Tres... tres filas serían bastantes. Las que no bastaban eran las piedras que tenía a su alcance: necesitaba buscar más.
Tendría que esperar algún tiempo para alcanzar el agua, antes tendría que terminar aquella nueva idea que había surgido con fuerza de su cabeza.
Y a pesar de todo, no sabía cuanto podría tardar... le preocupaba no saber cuando sería la próxima vez que pudiera ser capaz de escuchar el murmullo de las profundidades del mar.
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